
Rosely E. Quijano León
Ya vienen de regreso las ánimas en estos días para visitarnos y celebrar junto a nosotros el Janal Pixán. Ya preparamos nuestros altares, con flores, velas, fotografías y sus comidas favoritas. Ya estamos saboreando nuestro tradicional pib y sintiendo la fresca brisa de la nostalgia que se cuela por las ventanas de nuestras casas.
Y aunque cada región tiene sus propias costumbres y tradiciones para conmemorar el Día de Muertos, la muerte es la misma en cualquier parte del mundo, aunque a cada quien le llegue de diferente forma.
Pero ¿quiénes mejor para hablar de la muerte que aquellos que han logrado desafiarla? Por ejemplo, si Edith Eger no se hubiera decidido a escribir y exorcizar los demonios de su terrible pasado no tendríamos la oportunidad única de leerla en “La bailarina de Auschwitz”.
Su testimonio de vida en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial donde cada día de los que estuvo ahí desafió a la muerte encarnada en Josef Mengele, conocido por sus experimentos y exterminios en las cámaras de gas.
Edith fue llevada junto con su familia a Auschwitz y rescatada años después de manera milagrosa por un soldado estadounidense. Una vez convertida en psicóloga clínica y discípula del neurólogo, psiquiatra y filósofo Viktor Frankl, fundador de la logoterapia y autor de “El hombre en busca de sentido”, ella decide también narrar su historia de supervivencia.
Ambas experiencias en los campos de concentración nos demuestran que estar tan cerca de la muerte hace amar más la vida, aferrarse a ella aún entre el dolor, el hambre y la desesperanza de los campos de concentración.
Para Eger y Frankl la vida cobró sentido encarando a la muerte; ambos ayudan a otros con sus libros a entender que las emociones y los sentimientos son las manifestaciones de que estamos vivos, que no podemos cambiar algunas circunstancias de nuestra realidad, pero sí la forma en que las asumimos y las aceptamos.
La actitud que asumieron ante la realidad que les tocó vivir fue lo que los mantuvo con vida, pues incluso los momentos más insulsos y dolorosos son oportunidades para experimentar esperanza, optimismo y felicidad, porque “la vida mundana también es vida”.
Y si el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince no hubiera acudido a esa feria del libro en Ucrania en 2023, en medio de una guerra, no hubiera conocido el infierno en carne propia y a la muerte en carne viva. Y si no hubiera salido casi ileso de un misil Iskander ruso de alta precisión, con 600 kilos de explosivos adentro, que estalló en la pizzería en Kramatorsk donde cenaba con colegas y amigos, el último día de su viaje, no habría podido escribir su testimonio de sobreviviente en su libro “Ahora y en la hora”.
La delgada y frágil línea entre la vida y la muerte están al borde de cada página, como lo viven cada segundo en Ucrania: ¿Salvarse de morir solo por ser sordo de un oído y cambiarse de lugar en una mesa?, ¿cuándo y cómo nos llegará la muerte?, ¿qué estaremos haciendo o cuáles serán nuestras últimas palabras?
Estos tres libros nos dejan una desolación enorme. Y a la vez, una gran reflexión: la muerte convive con nosotros estos días, regresa a nuestras casas y tal vez leer las experiencias de quienes la han visto muy de cerca, y hasta han sentido su frío aliento, nos ayuden a valorar que estamos vivos, hasta que decida arroparnos en sus brazos.




