Opinión

¿Y si lo más importante del Mundial nunca ha sido el fútbol?

EL MOMENTO RUDO - Juan Pablo Rivera

Opinión | 14/06/2026| 22:24

Hay días que parecen iguales a cualquier otro.
La gente se levanta.
Va al trabajo.
Hace pendientes.
Responde mensajes.
Sigue con la rutina.
Y de pronto llega un Mundial.
Y todo cambia.
No porque el planeta se detenga.
Sino porque, durante unas semanas, millones de personas encuentran algo en común.
Una conversación.
Una emoción.
Una excusa para sentirse parte de algo más grande.
La inauguración de este Mundial fue precisamente eso.
El inicio de una historia que no pertenece a un país, a una Selección o a una ciudad.
Pertenece al mundo.
Y qué privilegio que una parte de esa historia se escriba en México.
Porque más allá de estadios, ceremonias y protocolos, hay algo que vuelve especial a un Mundial.
La gente.
La forma en que transforma la rutina.
La manera en que convierte cualquier oficina en una mesa de análisis deportivo.
La facilidad con la que hace que una comida familiar termine pareciendo un programa de debate.
Y entonces sucede el fenómeno más hermoso de todos.
Nos volvemos expertos.
Todos.
El vecino que normalmente habla de negocios.
La tía que rara vez ve fútbol.
El amigo que lleva años sin entrar a un estadio.
De pronto todos tienen una opinión.
Todos tienen una alineación ideal.
Todos saben qué cambio era el correcto y qué decisión debió tomar el entrenador.
Y lejos de ser un defecto, eso es parte de la magia.
Porque el Mundial tiene la capacidad de involucrarnos.
De hacernos sentir que también jugamos un poco.
Que también somos parte del partido.
Que nuestras emociones están conectadas con lo que ocurre dentro de la cancha.
Por eso la actuación de la Selección Nacional de México genera tanto ruido.
Porque no estamos hablando solamente de fútbol.
Estamos hablando de identidad.
De orgullo.
De esa necesidad tan humana de ver reflejadas nuestras esperanzas en once jugadores que representan algo mucho más grande que ellos mismos.
Cada pase importa.
Cada error duele.
Cada gol se celebra como si fuera propio.
Y durante noventa minutos desaparecen muchas diferencias.
Las políticas.
Las económicas.
Las sociales.
Las que normalmente nos separan.
Por un instante, todos estamos viendo el mismo partido.
Todos estamos esperando la misma jugada.
Todos estamos deseando el mismo resultado.
Eso es lo extraordinario.
Porque hay pocos eventos en el mundo capaces de generar algo así.
Pocos espectáculos que logren sentar en la misma mesa a personas completamente distintas y regalarles una emoción compartida.
El Mundial lo hace.
Lo ha hecho durante generaciones.
Y en mi caso, inevitablemente, también me conecta con mi padre.
El Rudo Rivera tuvo la oportunidad de cubrir varios Mundiales a lo largo de su carrera. Le tocó vivir historias, personajes y momentos que terminaron formando parte de la memoria colectiva del deporte. Pero siempre que pienso en una Copa del Mundo, no puedo evitar pensar en México 86, el último Mundial celebrado en nuestro país y uno de los eventos que tuvo la fortuna de cubrir.
A veces imagino la emoción que debió sentirse en aquellas calles, en los estadios llenos, en las transmisiones de radio, en la conversación cotidiana de una nación entera que por unas semanas convirtió al fútbol en su idioma principal. Y quizá por eso este Mundial se siente distinto. Porque no solo representa lo que está por venir, también nos conecta con lo que alguna vez vivimos.
Hay recuerdos que se heredan sin que nadie los explique. Historias que pasan de generación en generación. Pasiones que encuentran la manera de quedarse. Y para quienes crecimos escuchando relatos de aquellos Mundiales, resulta imposible no pensar que, de alguna manera, el balón también trae consigo un poco de esa memoria.
Por eso la inauguración importa tanto.
No porque sea el primer partido.
No porque marque el inicio oficial del torneo.
Importa porque es el momento en que recordamos que el deporte sigue teniendo una capacidad única para conectar personas.
Para construir recuerdos.
Para crear conversaciones que años después siguen viviendo en la memoria.
Y mientras rueda el balón, millones de personas vuelven a creer.
Creen en una jugada.
En una sorpresa.
En una hazaña.
En una Selección.
Porque el Mundial siempre empieza con fútbol.
Pero rara vez termina hablando solamente de él.
A veces termina hablando de familias.
De recuerdos.
De quienes nos enseñaron a amar el deporte.
Y de esas voces que, aunque ya no estén frente al micrófono, siguen acompañándonos cada vez que el mundo se detiene para ver rodar un balón.

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