Opinión

¿Cuánto vale una victoria cuando la vida puede cambiar en un segundo?

Momento Rudo por Juan Pablo Rivera

Opinión | 17/08/2026| 00:16

Hay historias deportivas que uno quisiera no tener que contar.

La de Prichard Colón es una de ellas.

El boxeador puertorriqueño murió esta semana a los 33 años, casi once años después de aquella pelea de 2015 que cambió para siempre su vida. Tenía 23 años, un futuro enorme por delante y un récord invicto. Después de aquel combate, una lesión cerebral lo dejó con secuelas irreversibles y necesitó cuidados constantes durante más de una década.

Y entonces uno se pregunta.

¿Qué pasa cuando el deporte que amas también puede convertirse en aquello que te cambia la vida para siempre?

Porque el boxeo tiene algo hermoso y terrible.

Nos enseña a admirar la valentía de alguien que se mete a un ring sabiendo que enfrente hay otra persona que quiere derrotarlo.

Admiramos la preparación.

La disciplina.

El sacrificio.

La capacidad de levantarse después de caer.

Pero a veces olvidamos que debajo de los guantes existe una persona.

Un hijo.

Un hermano.

Un amigo.

Alguien que cuando termina la pelea quiere regresar a casa.

La historia de Colón obliga a mirar el deporte desde otro lugar.

En aquella pelea recibió golpes ilegales en la parte posterior de la cabeza, una zona especialmente peligrosa. Durante el combate manifestó que algo no estaba bien y después del noveno asalto terminó siendo trasladado al hospital. Sufrió una hemorragia cerebral y pasó 221 días en coma.

Pero quizá lo más fuerte no es conocer cómo empezó su tragedia.

Es recordar todo lo que vino después.

Porque mientras nosotros pasamos a la siguiente pelea, al siguiente campeón, al siguiente nocaut, la familia de Prichard comenzó una batalla que no tuvo campana, ni rounds, ni descanso.

Una pelea de once años.

Una pelea fuera del ring.

Y esa quizá sea la palabra que más se repite cuando hablamos de los grandes atletas: guerrero.

Pero hay momentos en los que deberíamos preguntarnos si realmente sabemos lo que significa.

Ser guerrero no siempre es levantarse después de recibir un golpe.

A veces es sobrevivir a las consecuencias de aquel golpe.

A veces es una madre cuidando a su hijo.

Un padre acompañándolo.

Una familia aprendiendo a comunicarse de otra manera.

Una vida entera reorganizada alrededor de alguien que alguna vez soñó con ser campeón.

Por eso la muerte de Prichard Colón no debería convertirse solamente en una noticia triste.

Debería convertirse en una pausa.

En una pregunta incómoda para todos los que amamos el deporte.

¿Cuánto riesgo estamos dispuestos a aceptar para entretenernos?

¿Dónde termina el espectáculo y comienza la responsabilidad?

¿Estamos haciendo lo suficiente para proteger a quienes convierten su cuerpo en nuestro entretenimiento?

No se trata de dejar de amar el boxeo.

Al contrario.

Se trata de amarlo lo suficiente como para exigir que quienes suben al ring puedan regresar a casa.

Porque el deporte nos ha enseñado que perder una pelea no significa perderlo todo.

Pero algunas derrotas no tienen revancha.

La vida tampoco.

Prichard Colón pasó once años luchando lejos de las luces, lejos de los cinturones y lejos del ruido de una arena.

Y quizá esa sea la última lección que nos deja.

Que detrás de cada atleta existe una vida que vale mucho más que cualquier resultado.

Que un nocaut dura segundos.

Pero sus consecuencias pueden durar una existencia entera.

Hoy toca recordar a Prichard no solamente por la tragedia.

También por el joven que soñó, por el boxeador que quiso ser grande y por la familia que nunca dejó de luchar a su lado.

Porque algunas veces el verdadero valor no está en subir al ring.

Está en seguir adelante cuando la pelea que nadie pidió finalmente comienza.

Y esa pelea, Prichard, la peleaste durante once años.

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