El error de confundir apropiación con proyección cultural
Por Eduardo Chaillo Ortiz

La reciente decisión preliminar en la Suprema Corte de Justicia de la Nación en torno al uso de símbolos de cultura popular en contextos comerciales ha reabierto una discusión que México necesita tener, pero con mayor profundidad: la relación entre cultura, representación y desarrollo económico.
No es un tema menor
En el fondo, lo que está en juego no es únicamente la protección de ciertos elementos simbólicos, sino la manera en que un país decide proyectar, interpretar y activar su identidad cultural en el mundo. Ahí es donde conviene hacer una distinción que pocas veces se plantea con claridad. No todas las expresiones comerciales de la cultura son iguales.
Existen casos donde la simplificación, la banalización o el uso superficial de elementos culturales justifican preocupación. Sin embargo, también existen modelos donde la cultura no se reduce a ornamento, sino que se convierte en el eje de una propuesta compleja, curada y con impacto tangible.
En ese segundo grupo se encuentra Grupo Xcaret
Durante años, este grupo ha construido una plataforma que no solo exhibe cultura mexicana, sino que la interpreta, la articula y la proyecta con un nivel de calidad difícil de ignorar. Sus parques, hoteles y experiencias funcionan como sistemas donde convergen música, danza, gastronomía, narrativa histórica y expresión contemporánea. Esa diferencia es fundamental. Porque lo que ocurre ahí no es únicamente representación.
Es producción cultural
Detrás de cada espectáculo, de cada montaje y de cada experiencia hay artistas, creativos, técnicos y profesionales mexicanos que encuentran un espacio de desarrollo, visibilidad y proyección internacional. En un país donde las oportunidades para el talento artístico suelen ser limitadas, estos espacios no solo son relevantes: son necesarios.
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La cultura, en este contexto, deja de ser discurso y se convierte en sustento.
A esto se suma una dimensión económica que tampoco puede ignorarse. La operación de este grupo genera miles de empleos directos e indirectos, muchos de ellos bien remunerados y especializados.
Además, activa cadenas de valor que van desde la proveeduría local hasta sectores como la gastronomía, el vino mexicano o la producción artística.
No se trata únicamente de hacer negocio con la cultura. Se trata de construir valor económico a partir de ella.
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