
Tras el estruendo y la calidez de la Nochebuena, las avenidas principales se convirtieron en desiertos de paz; un respiro urbano para recibir el 25 de diciembre
El bullicio característico de la urbe se desvaneció por completo este 25 de diciembre. Tras una intensa jornada de festejos, abrazos y brindis nocturnos, las calles despertaron envueltas en un manto de serenidad poco común.
Las familias, resguardadas aún por el calor de sus hogares, prolongaron el intercambio de afectos puertas adentro, dejando tras de sí una postal de tranquilidad absoluta que transformó el paisaje cotidiano en un escenario casi cinematográfico.

Sin el rugido de los motores ni el constante andar de los transeúntes, el asfalto recuperó un protagonismo solitario.
Las avenidas, que apenas unas horas antes eran un caos de compras de último minuto, lucieron vacías y relucientes bajo el sol invernal.
Este fenómeno anual permitió que el silencio fuera el único habitante de las esquinas, creando una atmósfera de respeto y pausa que invitaba a la reflexión tras la euforia de la víspera.
Esta ausencia de movimiento no fue falta de vida, sino un tributo al descanso.
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La ciudad pareció contener el aliento para darle paso a la Navidad en su estado más puro; aquel donde el tiempo se detiene y la prisa desaparece.
Fue un respiro necesario para la metrópoli, una tregua donde el eco de los pasos ausentes recordó que, a veces, el mejor regalo es la posibilidad de disfrutar de una calma total antes de que el ritmo del mundo vuelva a encenderse.





